Taller


Mi antiguo taller era un lugar verdaderamente especial. Se trataba de una cueva, un sótano en un edificio antiguo de Madrid, con bóvedas de ladrillo que le otorgaban una belleza y una atmósfera únicas. Era un espacio profundamente recogido, casi aislado del exterior, donde el tiempo parecía detenerse. Esa condición lo convertía en un entorno ideal para la introspección, el pensamiento y la creación desde un lugar muy interior, casi meditativo.


Trabajar en un espacio abierto me permite observar cómo la luz transforma los volúmenes a lo largo del día, cómo los materiales responden al aire y a la temperatura, cómo la naturaleza misma se convierte en parte del proceso. Este cambio no solo afecta al resultado final, sino que redefine cada fase de la creación.

El paso a un nuevo taller nació de esa necesidad. Busqué un espacio que conservara el silencio y la concentración que tanto valoro, pero que al mismo tiempo me ofreciera mayor amplitud, más luz y una conexión más directa con la naturaleza. Un lugar donde mis esculturas pudieran expandirse sin restricciones, donde el tamaño dejara de ser un límite y se convirtiera en una posibilidad.


El traslado a mi nuevo taller no fue entonces solo un cambio de ubicación, sino una transformación profunda en mi manera de crear. Dejé atrás un espacio cerrado, limitado en luz y marcado por el ritmo de la ciudad, para instalarme en plena naturaleza, rodeado de silencio, amplitud y claridad.


En este nuevo taller, la escultura ha dejado de ser un acto aislado para convertirse en una experiencia integrada con el entorno. Es aquí donde siento que mi obra puede evolucionar de forma más honesta, más libre y más conectada con lo esencial.

Sin embargo, ese mismo carácter tenía sus límites. Mi trabajo, centrado entonces en la escultura en madera, empezó a crecer en escala, y el taller comenzó a quedarse pequeño. Las piezas exigían más espacio del que aquel lugar podía ofrecer, obligándome en muchas ocasiones a sacarlas fuera para poder desarrollarlas plenamente.

Este nuevo entorno, bañado por la luz natural y abierto al paisaje, ha modificado mi relación con la escultura. Aquí, el tiempo parece expandirse y el proceso creativo encuentra un ritmo más orgánico. El silencio no es ausencia, sino un espacio fértil donde las ideas respiran y evolucionan con mayor libertad. La obra ya no se contiene entre paredes: se desarrolla en diálogo directo con el entorno, con el clima, con la materia viva que la rodea.